Pequeños relatos navideños en Málaga
Testigo en Nochebuena
No me preguntéis ni cómo ni por qué, pero allí estaba, escudriñando la biblioteca privada de un señorito. No sabía leer ni de qué eran aquellos libros que ocupaban todas esas estanterías, historias, supongo, como las que publicaban en los papeles los domingos. Hasta llegar al office del señor tuve que pasar muchas estancias.

Cuando caí en la carbonera desde aquel pequeño ventanuco creía que me mataba, pero no me pasó nada, acabé teñío hasta las cejas, pero nada más. Me sacudí sin hacer mucho ruido, ya que en la sala de al lado se escuchaba un ir y venir de personas. El techo casi me tocaba la cabeza y solamente una bombilla sobre una puerta verde daba luz a aquella estancia. Abrí la puerta con sigilo y vi a una cocinera que entre humo y ollas cortaba velozmente un trozo de carne sobre la encimera.
Al fondo, otra mujer bastante rechoncha y con cofia abría una puertecilla, metía unos platos y tiraba de una cuerda, ¿qué era aquello? Me pegué al muro intentando moverme entre los cacharros y conseguí llegar a una escalera. Una estrecha escalera de madera que parecía recién colocada, ¡estaba brillante!, sobre todo el centro de los escalones que del ir y venir de personas estaba tan pulido que casi resbalaba.
-«¡En casa no se corre!, te lo repito siempre, eso no es propio de una señorita, ¿has estudiado tu capítulo de hoy?»
-«No, papá, aún no».
-«Pues vuelve a tu habitación y acaba».
-«Pero…dijo la niña señalando al fondo del pasillo.
-«No hay peros, ¡ahora! Señora Schildn, ¿puede venir?»
Una mujer de rictus serio y con vestido oscuro con puntillas en las mangas se levantó de un diván que había al fondo del corredor y se acercó:
-«Acompañe a mi hija a su habitación y vigile que termine su lección».
-«Sí señor».
Agachó la cabeza, cogió a la niña del brazo y la llevó a su cuarto. El hombre sacó un cigarro del bolsillo del gabán y se asomó a una ventanales, que después supe que daban a un gran patio interior. Exhaló y el pasillo se llenó de una espesa humareda que tardó en disiparse algunos minutos.
Ahí fue cuando me colé en el despacho. El papel pintado de las paredes era oscuro y me dio algo de miedo, en mi casa todas las paredes eran blancas o azul cielo. Una lamparita con una tulipa de color verde en una mesita era la única que iluminaba la estancia y creaba unas dramáticas sombras resaltando las tallas de los muebles de caoba y las puertas correderas. Salí de allí, el hombre ya se había ido.

Posé un pie, crujió un poco y empecé a subir. Abrí una puerta que me llevó directamente a un pasillo muy decorado e iluminado. Las pareces parecían de mármol, del techo colgaban unas cortinas rojas con borlas doradas y había varios candelabros que no tenían velas pero daban una extraña luz azulada. En el techo, también había dibujos y además colgaban un par de lamparitas doradas con cristales de colores. Unas columnas blancas enmarcaban las puertas que daban a las estancias. De una de ellas, salió de repente una niña. Me escondí tras una cortina. La niña, de pelo negro, corrió hacia el fondo del pasillo mientras cantaba algo. Un hombre salió de otra sala y le gritó:

Me asomé al patio, una gran cristalera de colores lo cubría y en el centro del piso inferior estaban montando una gran mesa rectangular. Un ir y venir de gentes del servicio se afanaban por engalanarla. Otros estaban sacando unas guirnaldas de colores de unas cajas apiladas contra la pared y las iban colocando entre las columnas de hierro.
Un zócalo de azulejos azules y blancos rodeaba todo el patio y ¡cómo brillaban!, gracias al duro trabajo de las dos señoritas que estaban «dale que te pego» con unos cepillos y jabón. Giré sobre mis pasos, al escuchar un ruido. La misma niña de antes volvía a salir de su habitación, esta vez junto a la mujer, que llevaba un candil y desapareció al fondo del pasillo. ¿cómo de grande sería aquella casa? ¡Al menos tenía 10 habitaciones! y solamente la parte que yo había visto. Seguí a la niña, que saltando dejaba volar los volantes de su rico vestido. Se paró frente a una puerta, se atusó el pelo y llamó con delicadeza. Desde dentro, una voz de mujer dijo: «Adelante». La niña abrió la puerta y vi la escena.

¡Un gran mirador acristalado! No había paredes, todo era hierro y cristal, haciendo alarde de una ligereza sublime.
Arcos de hierro forjado se apoyaban sobre columnas. Durante el día debía ser un lugar muy luminoso. Algunas plantas colgaban del techo, pero el centro de atención era aquella mujer. Sentada en una butaca, con el pelo recogido en un moño y un exuberante vestido color azul apuntaba su mirada al libro que tenía en sus manos y que leía con atención.
Una gran lámpara colgaba del techo, chisporroteando y de fondo se escuchaba la música de un gramófono. La mujer levantó la mirada y miró a su hija. La niña llevaba una muñeca y le pidió a su madre que le leyera un cuento antes de irse a la cama. Esa noche era Nochebuena y la fiesta que preparaban en el patio con algunas de las familias más influyentes de la ciudad no era adecuada para niños. La madre le enseñó la portada del libro.
-«¿Conoces este cuento?» La niña negó con la cabeza.
-«Pues voy a leerte un trocito». Me senté en un rincón viendo aquel momento tan íntimo.

Me sacó del ensimismamiento el maullido de un gato, o lo que yo creía que era un gato. Vino del patio y lo había hecho un hombre con camisa blanca y pajarita, un violinista. El resto de músicos estaban junto a él sacando otros instrumentos y haciendo aquellos sonidos. ¡Qué distinto era aquello de las pastorales que cantaban villancicos en la Plaza Mamely al caer la tarde! Los dos faroles que había en las esquinas del callejón de Esquilache y Matadero no daban suficiente luz a la plaza y la gente tenía que atisbar entre la oscuridad y los remolinos de humo de las ollas de castañas a los que tocaban. El jolgorio era ensordecedor y duraba horas. Tanto que, a veces, a altas horas de la noche, vecinos de San Jacinto aparecían en paños menores en la plazuela con palos dando voces pidiendo que se largaran ya de una vez.

Tras la cristalera se veían los carruajes que pasaban frente a la casa y se escuchaba el rebotar de los cascos de los caballos contra los adoquines. El farol de aceite que había frente al palacete estaba siendo encendido por un sereno que podría rondar los 60 años, seguramente había mentido con su edad para poder seguir trabajando en el Cuerpo de Serenos. Una familia corría cruzando la calle antes de que pasara un tranvía. Los colores violáceos del anochecer se reflejaban sobre los muros de otro edificio frente a la casa. Las persianas verdes estaban desteñidas y una mujer sacudía una alfombra desde uno de los balcones, hecho que hacía que desde la acera, dos señoritos con levita y sombrero levantaran la mirada y la increparan. Un guardia que hacía la ronda se paraba junto a ellos e intentaba mediar. El salón de té que había en el bajo estaba decorando las dos mesas que tenía en su entrada con manteles rojos y colocaba unas guirnaldas de papel colgadas del toldo roído que tenía. Una pareja, ya mayor, montados en un carro tirado por un burro llevaban dos pavos negros grandes atados. Vendrían de la Plaza de la Alhóndiga de comprar esas viandas para la cena, pensé. Seguramente se habrían gastado un dineral, ¡pero era el día para ello!
La mujer le leyó un trozo de aquel libro:
«Hace muchos años (yo tenía siete) que, al obscurecer de un día de invierno, y después de rezar las tres Avemarías al toque de oraciones, me dijo mi padre con voz solemne: Hoy no te acostarás a la misma hora que las gallinas: ya eres grande y debes cenar con tus padres y con tus hermanos mayores. ¡Esta noche es Nochebuena! Nunca olvidaré el regocijo con que escuché tales palabras. ¡Yo me acostaría tarde! Dirigí una mirada de triunfo a mis hermanos que eran más pequeños que yo, y me puse a discurrir el modo de contar en la escuela, después del día de Reyes, aquella primera aventura.»
-«¿Ves? El año que viene podrás celebrar esta noche con nosotros, pero hoy no. Hoy tienes que irte a dormir ya. ¿vale?». La niña asintió, agachó la cabeza y salió de la sala. Yo volví a salir al rellano y me asomé a las cristaleras, allí en el patio habían colocado un extraño árbol decorado con velas. Era una moda que entró hacía unos años y cada vez se veían en más sitios, ¡en la calle incluso! pero eso era «una cosa de señoritos», como decía mi abuela, por Capuchinos no veías ninguno. La mesa del centro lucía una impresionante vajilla de porcelana rosa, y los cubiertos relucían sobre el mantel más grande que había visto nunca. El mármol del suelo, blanco y negro, brillaba como si fuera un espejo. Miré entonces bajo mis pies, y vi aquellos colores. El suelo tenía miles de piececitas pequeñitas que se entrelazaban haciendo dibujos, ¿qué era aquello? Era la primera vez que veía eso y ¡era precioso!

La mujer salió de la sala del mirador y se dirigió a otra sala, seguramente se iba a preparar para el evento. Yo me adentré en otra alcoba con puertas decoradas con tallas de color oro, ese salón era el doble de grande que el patio, los techos eran muy altos, también decorados con ricas pinturas de colores que hacían juego con los mosaicos del suelo. Dos enormes lámparas colgaban del techo, una sobre una gran mesa de caoba y otra sobre un sofá en el que me senté. Desde allí, podía ver la calle principal desde el balcón. Se había levantado un viento que había hecho que los tenderetes que estaban montados en la Acera de la Marina por las fiestas navideñas los estuvieran quitando. Yo daba las gracias de estar allí, en aquel sofá tan suave, y tan calentito con la gran chimenea de hierro que tenía frente a mí y entonces ya no recuerdo nada más.
¡Tan! Me levanté de golpe, ¿qué hora era? ¿Cuánto tiempo había pasado?
¡Tan! ¡Era medianoche! Y la Catedral me estaba avisando. Mi abuela ya se habría recorrido todo Capuchinos buscándome.
¡Tan! Me levanté rápido, salí sigiloso al pasillo, aunque ya daba igual, todo el mundo estaba cantando en el patio, todos brindaban, la orquesta sonaba, otros reían.

¡Tan! No miraba al suelo, mi cabeza se movía en círculos observando todo lo que dejaba atrás, cada cuadro, cada habitación, cada mueble, ¡aquellos suelos de colores! la decoración navideña, ¡la luz eléctrica!
¡Tan! Bajé por la escalera principal, y casi tropiezo con un gran reloj de madera que también daba las campanadas de medianoche. De los escalones de mármol y baranda de hierro, pasé a la escalera de madera. Ya estaba en el otro mundo, ya había llegado a la planta baja. El servicio estaba reunido en la cocina junto a una olla que usaban para calentarse. Cantaban canciones de las que oía en la calle, ¡esas ya me eran más familiares!
¡Tan! ¡Clin, clin, clin! Unas campanillas sonaron a mi espalda, era la llamada «de los de arriba» al servicio. Uno de los hombres, el más delgado y mejor vestido, se levantó corriendo y subió.

¡Tan! Y allí estaba yo, frente al Marqués, agarrado a la verja luchando contra un viento que silbaba entre las callejuelas como hacía mucho no se escuchaba. Los pobres estaban aposentados en los portales de los edificios. Un par de viejos, borrachos, cantaban desafinados tocando una zambomba.
¡Tan! Y yo ya enfilaba la Alameda cruzándome con algunos grupos de personas que pasaban a prisa junto a mí, irían a la catedral a la misa del gallo.
¡Tan! Las farolas no iluminaban mucho esta noche, quizás mis ojos aún seguían deslumbrados por el brillo de todo lo que había visto.Las sombras de los plátanos y aquellas formas moviéndose levantando el polvo del suelo daban un poco de terror al más valiente.
¡Tan! Encaminé mis pasos a casa, aún me quedaba un rato a pie, me recoloqué el gorro, me abotoné el abrigo como pude y «eché a andá»
¡Tan!
¡Tan!
Luz de diciembre
El camino que unía mi casa de donde paraba «er Pecas» no era demasiado largo, pero mi madre me decía que en estas fechas «a partir de las siete no se salía de casa» que «todo estaba muy oscuro y había mucho maleante por la calle». Pero yo siempre me conseguía escabullir. El tragaluz que había en el altillo al que se entraba desde mi habitación se abría con facilidad y saltando al tejado de la casa de Doña Fernanda, me chorreaba por una pared medianera, una chimenea frenaba mi caída, de ahí al balcón y de ahí a la calle.

Esta vez casi me pillaban, al chorrearme vi que la ventana de la cocina se abría y vi a mi madre colocando la vela que todas las tardes encendía porque «había que iluminar las noches hasta el nacimiento del niño Dios». Yo siempre me reía, y mi padre me daba un coscorrón. No me vio, ¡menos mal! Allí estaba, en plena calle.
Un escalofrío me recorrió toda la espalda, ¡pues sí que estaba oscura la calle! pero al doblar la esquina se hacía ¡la luz! ¡Había llegado la electricidad a la ciudad! En El Perchel las farolas eléctricas no abundaban, había sólo dos, y una de ellas estaba en la calle de atrás de mi casa. Pero al cruzar el puente todo se convertía en brillo. Era maravilloso, a mis años no recordaba esa época en la que no había luz en la calle, yo ya me crié con los faroles de aceite, pero ahora, la luz eléctrica era mejor. Me fascinaba ver como al encenderse, ¡se hacía de día! Y hacía poco que habían colocado una gran farola en plena plaza y yo quería verla.
Me encantaba hacer ese paseo para recoger a «er Pecas». Había mucha gente aquí y allá, la castañera que se colocaba junto a las escaleras del puente siempre me sonreía al verme, y me enseñaba «los cuatro dientes que le queaban«, pero nunca me daba castañas aunque yo me las ingeniaba para quitarle unas cuantas y comérmelas antes de entrar a la Alameda.
Cruzando el puente, siempre me encontraba a Don Manuel, el farolero. El pobre cada vez estaba peor, Lucas, el pastor alemán que siempre lo acompañaba estaba más delgado que nunca. Don Manuel ponía su escalera apoyada en el farol y se subía a encenderlo. Aquel olor del gas quemándose lo tenía impregnado en su nariz. Me decía que estudiara, que el trabajo estaba mal. Es cierto que cada vez le iba peor, ¡a él!, porque el gas estaba desapareciendo en Málaga desde que pusieron la segunda fábrica de luz allí arriba cerca de la cárcel, la alemana o la «Fiatlú» le decían. Empezó llenando de cuerdas toda la ciudad, allá donde mirabas se veían hierros colgando de fachadas y cruzando calles. «Ahora va bajo tierra», me dijo Don Manuel, ¿Ves el puente? Pues por aquí debajo va la electricidad ahora.
Yo salté de repente, «¿A ver si nos vamos a ‘chamuscá’? El rió a carcajadas. Corrí hasta pasar las escaleras de la Alameda y entré al paseo iluminado. Empezaba a chispear y el cielo estaba lleno de nubes. Había gente de todo tipo paseando, los carruajes que pasaban junto a los edificios lo hacían a velocidades que asustaban, pero a mí no me importaba, ¡todo brillaba! Dirigía mi mirada hacia dentro de los pisos principales que no tenían echadas las persianas o los visillos y podía ver a las familias que disfrutaban de la cena. Mis ropas, aunque me puse las mejores, denotaban que venía del «otro lao del río», por eso todas las niñas que me cruzaba me evitaban y salían corriendo junto a sus madres que sentadas en los bancos de mármol charlaban con sus amigas. Todas iban vestidas con sus mejores trajes, ¡claro!, en estas fechas todo tenía que ser lo mejor. Vi que varias casas, de las principales, también habían colocado velas en los balcones, ¡al final los ricos y los pobres teníamos la misma tradición!

Era un espectáculo ver las mansiones de la Alameda todas decoradas con velitas en los balcones, aunque al bajar la mirada hacia los bajos, te encontrabas con la cruda realidad. Allí estaba «er Pecas», en «su casa», lo que él tenía como casa: un escalón de la entrada de «Los Clemens». Allí era donde solía pasar las noches, cuando el portero no se enteraba. No hacía mucho frío en esos días pero tampoco hacía calor, y un escalón desgastado de mármol no era el mejor sitio para recostarse pero ¿dónde podía ir? Nunca conoció madre ni padre, cuando nació lo dejaron abandonado en el hospicio que hay en calle Ancla y allí estuvo cuidado hasta los 15, cuando ya lo dejaban «libre». Aunque siempre podían volver, él no quería volver allí…aunque esa noche sí.
-«¡Sí, tenemos que ir que nos darán el aguinaldo!»
-«Pero después vamos a la plaza a ver la luz ¿no?»
-«¡Que sí, que vamos después!»
Se levantó de un respingo, ¿qué pasó? Era el portero, que estaba abriendo el portón de la casa. Allí se paró en el umbral, mirando con cara de no buenos amigos, y tras él, la familia que, vestida de gala, se disponía a salir. Me tuve que apartar al acercarse un carruaje a gran velocidad que se paraba frente a la casa. El caserón era inmenso, pero el carruaje más aún. Se montaron y se fueron. El portero entonces le dijo al «er Pecas»:
-«Da gracias ‘a dió’ de que no te han visto los Clemens, porque ya me han dicho que la próxima vez que te vean merodeando por aquí llamarán al sereno del cuartel».
«Er Pecas» cogió una piedra del suelo y se la lanzó. No sé si el portero salió detrás nuestra o no porque pronto nos adentramos entre una multitud que se congregaba junto a la tarima montada por la Navidad donde había una banda tocando villancicos mientras la gente cantaba, bailaba y reía. Nos escabullimos por detrás del Monumento a Larios y entramos por el callejón de Esparteros donde siempre había grupos de forasteros hablando raro.

Nuestros pasos resonaban en el callejón con gran estruendo, el empedrado estaba encharcado por la lluvia que ya arreciaba y ¡encima! al intentar esquivar el chorro de agua de un canalón, me metí en la madre y me mojé hasta las rodillas. Todo estaba muy oscuro menos por la luz que desprendía un pequeño candil de aceite que estaba colgado en la reja de una casa en cuyo interior se veía movimiento y jolgorio. Un perro nos sobresaltó al pasar por una esquina pestilente y del fondo de la calleja llegaban voces infantiles. Allí estaba, el número 19, un cartel morroñoso daba la bienvenida al visitante «Asistencia de infantes». Entramos al zaguán del caserón, que pese a la falta de cuidados aún mostraba signos de su pasado glorioso. El patio interior era pequeñito, tenía un zócalo de azulejos con dibujos de lazos azules y blancos, altas columnas de mármol, arcos y una pequeña capillita, demasiado rica para un hospicio de niños pobres, que ahora estaba muy decorada, pues habían colocado un nacimiento pequeñito. ¡Me gustaba! Estaba rodeado de velas y una bombilla eléctrica con tulipa colgaba de uno de los arcos del patio. Daba una luz muy brillante y alguien, de forma muy acertada, la había decorado como la estrella de belén.
Había llegado el momento de portarse bien, juntamos nuestras manos y empezamos a cantar villancicos frente al belén. El Padre Luis, que estaba serio, como siempre, sentado en un banco de madera en una esquina del patio, se acercó lentamente, se paró delante de nosotros y con gesto recto extendiendo su mano, nos cogió las nuestras y nos dio chocolate, mantecados y ¡unas monedas! para que comprásemos castañas. Terminamos la canción atropelladamente y salimos de allí corriendo. Al salir a Espartería la oscuridad nos invadió de nuevo y tuvimos que esperar un poco a acostumbrar nuestros ojos a la calle. Dirigimos nuestros pasos hasta la Plaza de los Moros y de ahí a la calle del Marqués, que con sus 30 farolas era la más brillante de la ciudad. No había mucha gente a esa hora ya, todos estarían «con los avíos».
Y llegamos a la plaza, ¡allí estaba!, con su color cobrizo y sus cinco brazos resplandecientes dando luz aquí y allá. Las floristas recogían los restos de flores esparcidos por el adoquinado, un par de mendigos se acomodaban en la base de la farola para pasar la fría noche, pero alrededor, se congregaban un nutrido grupo de chaveas como yo que parecía que iban a cantar. La gente que andaba por la plaza se empezó a congregar allí. «Er Pecas» había desaparecido hasta que apareció por el callejón «del Colón» llevando dos paquetes de castañas. Me lanzó uno desde lejos y por poco no lo acabo tirando al suelo. Una castaña saltó del paquete y cayó a los pies de un chaval que apestaba. Llevaba el pelo despeinado y una gorra sucia. Sentí pena por él y no tuve más remedio que darle la castaña y algunas más que saqué del paquete. Yo sabía lo que era pasar hambre, pero al menos tenía casa para vivir.

El chavalillo me dio las gracias y se quedó allí junto a nosotros escuchando los villancicos, quizás pensaba que iba a «pillá algo más de comé» o quizás simplemente añoraba estar en compañía de alguien que no le retirara la mirada al pasar junto a él.
Fuera lo que fuera, allí nos quedamos los tres, plantados frente a la gran farola, escuchando a la pastoral disfrutando de la Navidad bajo la lluvia, que ya calaba. Pero no nos importaba, queríamos disfrutar de lo poco que nos daba la vida, olvidar por un momento todos los problemas del día a día y disfrutar de la luz de diciembre.
¡Feliz Navidad!